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¿Has hecho alguna vez una dieta en la que limitabas casi por completo los alimentos que aportan carbohidratos? Te explico 

Muchas veces los pacientes se han quedado sorprendidos de que les permita comer pan, patata o pasta en las comidas, especialmente aquellos que como ellos mismos dicen han estado siempre a dieta“, y siempre han dado por hecho que para perder peso no es posible tomar pasta o legumbre o un poco de pan para cenar. Que incluso no es sano.

Claro está, no se puede atribuir toda la culpa al paciente el cual, con el deseo sano de perder peso y mejorar su salud, acude al que dice llamarse “profesional” y este recomienda eliminar o reducir demasiado el consumo de farináceos. Por suerte, hace ya mucho tiempo que todo el colectivo de dietistas-nutricionistas trabajamos para desmentir esto.

Intentaré explicar de forma muy breve y sencilla porque debemos tomar también farináceos o cereales para perder peso y los efectos de una dieta cetogénica.

Para empezar, definimos la dieta cetogénica como aquella que produce una situación de CETOSIS. ¿Qué tiene esto que ver con lo que estamos hablando? Sencillamente, una dieta con una cantidad baja e insuficiente de hidratos de carbono es considerada una dieta cetogénica por la capacidad de producir cetosis en nuestro cuerpo.

Los hidratos de carbono son la fuente principal de energía de nuestro cuerpo. Nuestros órganos llevan a cabo muchas funciones que hacen posible el buen funcionamiento del cuerpo y de la vida, en última instancia. Pues bien, esas funciones son posibles gracias a la glucosa que deriva de los hidratos de carbono una vez terminada la digestión. Si, NECESITAMOS GLUCOSA PARA VIVIR. Y precisamente son los farináceos (pasta, maíz, legumbre, harinas, arroz, pan, patata, quinoa, cereales) los que nos la proporcionan.

Así, una dieta con una cantidad excesiva de hidratos de carbono puede producir sobrepeso, sí, puesto que son fuente de energía y si tomamos más energía de la necesaria nuestro cuerpo la almacena, primero en forma de glucógeno, reserva muy pequeña, y después en forma de grasa. Por eso claro que es necesario controlarlos, especialmente aquellos alimentos cuyos hidratos de carbono son sencillos, es decir ya están convertidos en glucosa y esta pasa directamente a la sangre sin necesidad de digerirse, o aquellos alimentos que no aportan fibra, vitaminas u otros nutrientes de interés acompañándola, sino solo grasa y glucosa, como es el caso de la bollería.

Sin embargo, si no tomamos la cantidad de hidratos de carbono suficientes, puesto que de todos modos necesitamos glucosa, nuestro cuerpo pone en marcha mecanismos para poder fabricar él mismo la energía necesaria de manera que las funciones vitales no se alteren. Cierto es, que la grasa es considerada por excelencia la reserva de energía del organismo pero solo la podemos utilizar bajo ciertas condiciones hormonales y no en cualquier caso. Al igual sucede con las proteínas. El mayor problema es que NO TODOS NUESTROS ÓRGANOS son capaces d utilizar la grasa o las proteínas como fuente de energía.  Los glóbulos rojos y el cerebro son dos órganos que solo pueden utilizar glucosa y unos compuestos llamados cuerpos cetónicos, únicos capaces de atravesar la barrera hematoencefálica del cerebro.

Así pues, cuando la dieta no aporta suficiente glucosa, la CETOSIS permite la producción de cuerpos cetónicos a partir de la grasa almacenada para que el cerebro pueda seguir trabajando. Esto no sucede en condiciones que llamamos extremas. Esto empieza a suceder incluso dietas que están por debajo de 100g de hidratos de carbono y mucho antes de que se agoten las reservas de glucógeno (reserva limitada de glucosa como ya he dicho). El cuerpo trabaja para ahorrar glucosa de forma que el nivel sanguíneo siempre se mantenga estable. Mientras que el cerebro consumo cuerpos cetónicos, el resto se vale de las grasas como fuente de energía.

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Cierto es también, como acabo de decir, que las dietas bajas en carbohidratos hacen reducir los niveles de depósito graso. Sin embargo esto es algo que también podemos conseguir con una dieta equilibrada en nutrientes, bien planificada y con actividad física regular. Y sobre todo sin los efectos negativos de este tipo de dietas cetogénicas. El primer efecto negativo es la producción en si de cuerpos cetónicos.

El segundo efecto negativo es, que a pesar de producir quema de grasas, esta quema lleva consigo consecuencias nefastas si se prolongan demasiado. Los mareos y dolores de cabeza son habituales, tristemente es algo con lo que los que lleváis este estilo de vida habéis aprendido a vivir sin preguntaros si es normal. En situaciones más prolongadas podéis encontrar que vuestra orina y sudor son muy concentradas y de olor fuerte, náuseas, vómitos, mal aliento y otros muchísimos problemas.

Aún hay un tercer efecto negativo que se relaciona con las proteínas. Resulta que nuestro cuerpo en esa situación, en la que se debe fabricar glucosa, también puede hacerlo a expensas de la proteína muscular. Digo muscular, porque no tenemos reservas de proteínas en el cuerpo, las proteínas forman parte estructural de los órganos (visceral) y músculos (muscular). Esto quiere decir que se produce DEGRADACIÓN MUSCULAR en las dietas cetógenas. Hecho responsable de la rápida pérdida de peso en estas dietas. OJO! La masa muscular solo se recupera con ejercicio físico, y aún así si la dieta no contiene suficiente cantidad de carbohidratos será complicado.

Relacionado con las proteínas está el evidente hecho de que en este tipo de dietas, si no os recomiendan ni pasta, ni arroz, ni pan ni ningún otro alimento de este grupo,  “rellenan” vuestros platos de verdura, sí, pero también de carnes, huevos, pescados y queso. Y no debéis olvidar que los alimentos de origen animal, además de proteínas aportan GRASAS. Y es que no se puede evitar que en estas dietas bajas en carbohidratos se llegue a aumentar incluso hasta el doble de grasa con respecto a una dieta equilibrada.

Al fin y al cabo, los cereales (los cereales saludables) no aportan grasa 😉

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